El “America First” contra el derecho internacional

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Por Aquiles Pego.

Hablar de Donald Trump y el derecho internacional es hablar del choque entre una visión unilateral del poder y un sistema de reglas creado precisamente para contenerlo. Durante su presidencia, Trump impulsó una política exterior basada en el lema “America First”, que en la práctica significó priorizar los intereses inmediatos de Estados Unidos aun cuando eso implicara ignorar acuerdos, organismos y normas internacionales construidas durante décadas. El problema no es solo Trump como personaje, sino el mensaje que dejó: la idea de que la fuerza política, económica o militar puede sustituir al consenso y al derecho.

Las sanciones económicas impuestas sin el aval de organismos internacionales, la presión abierta sobre otros países, el desconocimiento de gobiernos extranjeros y el retiro de tratados clave enviaron una señal clara: el multilateralismo estorbaba. Desde la óptica del derecho internacional, estas acciones tensan principios fundamentales como la soberanía de los Estados, la no intervención y la igualdad jurídica entre naciones. Cuando una potencia actúa como juez y parte, el orden internacional se debilita y las reglas dejan de percibirse como universales.

Sin embargo, hay una paradoja que vale la pena señalar. En algunos casos, esas decisiones terminaron generando efectos que ciertos sectores celebraron, como liberaciones de presos políticos o presiones contra regímenes autoritarios. El dilema es profundo: ¿puede justificarse la violación de normas internacionales si el resultado parece “positivo”? El derecho internacional responde con cautela: cuando se normaliza el atajo, mañana cualquiera puede usarlo, incluso con fines abiertamente injustos. Las reglas no están para garantizar finales felices inmediatos, sino para evitar abusos sistemáticos a largo plazo.

Este debate deja una enseñanza poderosa. El derecho internacional no es una abstracción lejana ni un capricho de diplomáticos; es una herramienta imperfecta, pero necesaria, para frenar la ley del más fuerte. Trump puso a prueba sus límites, sí, pero también obligó a muchos a hablar de estos temas, a cuestionarlos y a entenderlos mejor. En ese sentido, cada controversia abre una oportunidad: fortalecer la cultura jurídica internacional y recordar que el verdadero progreso no nace de la imposición, sino del respeto a reglas comunes que protegen a todos, grandes y pequeños.