La historia demuestra que a veces los desenlaces positivos llegan por rutas torcidas…
Por Silviano de la Mora.
Hablar del edificio El Helicoide no es hablar de cualquier lugar. Hoy es la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), el principal aparato de inteligencia del Estado venezolano, y desde hace años se convirtió en un símbolo del encierro político. Organismos como la ONU y la CIDH han documentado ahí detenciones arbitrarias, largos periodos de incomunicación y tratos crueles. Para muchos venezolanos, El Helicoide dejó de ser una dirección y pasó a ser una amenaza.

Luego de la liberación de presos políticos, los videos que circulan a través de las redes sociales golpean fuerte. Es imposible verlos sin que algo se mueva por dentro. Personas saliendo de ese lugar, reencontrándose con sus familias después de años de encierro injusto. No hay discurso que compita con esas imágenes: lágrimas reales, cuerpos marcados, vidas tratando de empezar de nuevo.
Muchas voces —sobre todo desde la izquierda— han criticado la injerencia de Estados Unidos en Venezuela. Señalan que sanciones, presiones y amenazas que concluyeron con la intervención y detención del dictador Nicolás Maduro, violan principios básicos del derecho internacional. El debate se tensó aún más cuando, dentro de ese mismo contexto de presión, ocurrió un hecho imposible de ignorar: la liberación de presos políticos que llevaban años encarcelados sin justificación.
Ahí aparece una incomodidad. ¿Cómo explicar que Donald Trump haya transgredido principios del derecho internacional al intervenir en Venezuela y que, al mismo tiempo, de ese escenario haya salido la libertad de esas personas?
No hay una respuesta simple, y justamente por eso el tema exige cuidado. Reconocer una violación a principios internacionales no significa negar el alivio humano que trajo la liberación. Y celebrar la libertad de los presos no obliga a avalar los métodos que la rodearon. El dilema está en esa zona gris donde el resultado conmueve, pero el camino sigue siendo cuestionable.
Aquí bien cabe separar las cosas: el resultado no borra el método. La libertad de un preso político siempre es una buena noticia, sin matices. Eso no se discute. Pero que esa libertad ocurra en medio de una estrategia de presión externa no convierte esa estrategia en justa, legal o correcta.
Se puede celebrar que hoy esas familias estén juntas sin validar todo lo que vino detrás. Se puede sentir alivio sin normalizar la injerencia estadounidense. Defender la libertad también implica decir que ningún país debería usar el sufrimiento humano como moneda de cambio en disputas geopolíticas.

